01/06/2026
Hermosos los animalitos
El pequeño gatito caminaba solo por el bosque. Apenas tenía dos meses de nacido y no entendía por qué ya no podía encontrar a su familia.
Durante varios días siguió senderos, se escondió entre hojas y buscó refugio cuando llegaba la noche. Tenía miedo, hambre y mucho frío.
Una madrugada vio algo moverse entre los arbustos.
Era una zarigüeya mamá acompañada de sus pequeños hijos.
El gatito las observó desde lejos. No quería molestarlas, pero tampoco quería quedarse solo otra vez.
La familia avanzó por el bosque y, sin darse cuenta, el gatito comenzó a seguirlas.
La zarigüeya notó aquellos pequeños pasos detrás de ella. Se detuvo, giró la cabeza y encontró al diminuto visitante.
El gatito bajó las orejas, pensando que lo ahuyentaría.
Pero no ocurrió.
La zarigüeya simplemente continuó caminando.
Y el gatito siguió detrás.
Al día siguiente volvió a hacerlo.
Y al siguiente también.
Poco a poco, el pequeño comenzó a dormir cerca de la madriguera. Los bebés zarigüeya ya no le tenían miedo y compartían el espacio con él.
Con el paso de las semanas, el gatito dejó de sentirse perdido.
Había encontrado algo que no esperaba encontrar en medio del bosque.
Una familia.
No se parecían.
No hablaban igual.
Ni siquiera eran de la misma especie.
Pero eso no importaba.
Porque a veces el cariño aparece en los lugares más inesperados.
Y aquella zarigüeya, sin proponérselo, le enseñó al pequeño gatito que una familia no siempre es la que te da la vida.
A veces es la que decide caminar a tu lado cuando más la necesitas.