22/05/2021
¿Conoces a Alejandro Magno? y Diógenes ¿filosofo o perro?
Al oír hablar sobre Diógenes, Alejandro Magno quiso conocerlo. Un día en que el filósofo estaba acostado tomando el sol, Alejandro se paró ante él. Diógenes se percató de su presencia. Levantó la mano comprobando que, el sol ya no se proyectaba sobre su cuerpo. Apartó la mano que se encontraba entre su rostro y el del extraño y se quedó mirándolo.
Alejandro le dijo:- “Soy Alejandro El Grande”. Poniendo un énfasis enaltecedor que parecía más bien aprendido. “Yo soy Diógenes el perro” Hay quienes dicen que retó a Alejandro con esta frase, aunque en Corinto era conocido como Diógenes el perro. Alejandro Magno era conocido en la Polis y en toda la Magna Grecia. A Diógenes no parecía importarle quien era, o quizá no lo sabía.
El emperador le manifestó: “He oído de ti Diógenes, de quienes te llaman perro y de quienes te llaman sabio. Me place que sepas que me encuentro entre los últimos y, aunque no comprenda tu actitud hacia la vida y tu rechazo del hombre virtuoso, tengo que confesar que tu discurso me fascina”.
Diógenes parecía no poner atención en lo que le comunicaba. Más bien comenzaba a mostrarse inquieto. Sus manos buscaban el sol que se colaba por el contorno de la figura de Alejandro Magno y cuando su mano entraba en contacto con el cálido fluir, se quedaba mirándola encantado.
“Quería demostrarte mi admiración”, dijo el emperador: “Pídeme lo que quieras. Puedo darte cualquier cosa que desees, incluso aquellas que los hombre más ricos de Atenas no se atreverían ni a soñar”.
Diógenes replicó:“No seré yo quien te impida demostrar tu afecto hacia mí. Querría pedirte que te apartes del sol. Que sus rayos me toquen es, ahora mismo, mi más grande deseo. No tengo ninguna otra necesidad y también es cierto que solo tú puedes darme esa satisfacción”.
Más tarde Alejandro comentó a sus generales: “Si no fuera Alejandro, me hubiera gustado ser Diógenes.”
nos acostumbramos tanto a tener, que olvidamos que otros no tienen. Valore lo que realmente necesita, lo que en verdad va a aprovechar y libérese de sus deseos. Convénzase que mucho de lo que cree necesitar, no sólo no lo necesita, sino lo esclaviza. Busque el equilibrio entre sus metas y el esfuerzo que ha de dedicarles. Sea autosuficiente... trabaje para vivir.
Consciente y voluntariamente apártese de lo superfluo, viva sobriamente, cierto que: todo lo que le “sobra”, no le pertenece; que siempre “algo” necesitara de otros; que una vida sencilla, no es una vida de privaciones, y que vivir frugalmente implica extender lo que se tiene, tan lejos como sea posible. Sea creativo... aprenda a hacer más para sí.
Privilegie lo importante a lo innecesario y honre la conseja: “Hay que vivir sencillamente, para que los demás puedan... sencillamente vivir